Eran casi las 16:00.
No había ninguna clase con niños, solo la mía, y solo quedamos Ana y yo, las últimas en ser recogidas. Y la seño Cristina, la única monitora que se que daba hasta la última hora.
Ese día no había clases extraescolares. No había gritos. No había pasos.
El aula era un cuerpo inerte. Silenciosa. Con olor a témperas secas y plastilina olvidada.
Ana recogía sus cosas. Yo dibujaba un dinosaurio en mi cuaderno. Estaba justo frente a la mesa del profesor. El lápiz se deslizaba por el papel cuando escuché:
—Ángela, ahora vengo. La madre de Ana está ya fuera. No tardo. —. Dijo la seño Cristina.
Asentí sin levantar la vista. Ni me inmuté.
Me quedé sola.
Y entonces, el mundo cambió.
Un crujido.
Seco. Preciso. Justo delante de mí.
La silla del profesor… chirrió.
Como si alguien —alguien con peso, con cuerpo, con intención— se hubiera sentado.
Pero no había nadie.
O eso quise creer.
El aire se volvió denso. Como si alguien soplara despacio desde muy cerca. Una brisa helada me acarició el cuello. La piel se me erizó. El dinosaurio dejó de parecer simpático.
Y ahí, en ese silencio que dolía, se escuchó…
Chsssshhhhh… chsssshhh…
Como si alguien estuviera escribiendo con la tiza en la pizarra.
Lentamente, giré la cabeza hacia la pizarra.
Y vi como la tiza cayó.
Golpeó el suelo. Rodó hacia mí. Se detuvo justo al lado de mi pie.
Mi corazón golpeaba como un tambor de guerra.
Volví a mirar la pizarra.
Tres palabras.
VETE DE AQUÍ.
Así. Mayúsculas torcidas. Como grabadas con furia.
El miedo me secó la garganta. Me levanté tan rápido que la silla se volcó.
Miré hacia la puerta más cercana. Corrí hacia ella como si la vida me fuera en ello.
Y cuando estaba a punto de llegar, a menos de dos metros…
¡PAM!
La puerta se cerró sola.
Como si una mano invisible la hubiese golpeado.
Me giré. Corrí hacia la otra salida del aula.
Mientras corría, lo escuché.
Crash. Clang. BANG.
Sillas que volaban. Mesas que eran embestidas como por un animal salvaje. Sentí su furia detrás de mí. Su respiración invisible. Su velocidad in-humana.
No me atreví a mirar atrás. Ni un solo segundo.
Solo corrí.
Corrí como si me persiguiera el mismísimo infierno.
La puerta del fondo estaba abierta. Solo esperaba que no se cerrara porque si no….
Tenía el corazón a mil.
El pasillo me esperaba.
Solo pensaba en eso, en el pasillo.
Dios. Solo unos pasos más. Solo uno más.
Y mi cabeza… se giró sola para ver, sin yo darle la orden.
Y entonces…
…el pasillo se apagó.
Las luces fluorescentes que parpadeaban al fondo murieron una a una, como si alguien las fuera soplando.
Me quedé paralizada.
El aula detrás.
El pasillo delante.
Y el silencio. Ese silencio raro, que no es silencio. Ese que huele a presencia.
Entonces escuché pasos.
Pero no eran míos.
Ni de la seño Cristina.
Ni de nadie con zapatos normales.
Eran descalzos.
Húmedos.
Como si vinieran de un sitio donde hace mucho que no sale el sol.
Me escondí tras una puerta entreabierta.
Y por la rendija lo vi.
Primero sus pies.
Negros de tierra. De barro.
Luego su cara. O lo que quedaba de ella.
Era un niño.
De mi edad.
Pero sin pupilas.
Con una boca cosida por dentro, como si alguien no quisiera que pudiera gritar nunca más.
Llevaba el uniforme del cole. Antiguo.
Con el nombre bordado: Samuel.
Uno de los niños desaparecidos.
Entonces él se detuvo. Olfateó el aire. Como si pudiera olerme.
Giró la cabeza hacia la puerta donde me escondía.
Y con una voz que no salió de su boca…
sino de todas las paredes del colegio a la vez, dijo:
“No debiste mirar la pizarra.”
Todo se volvió oscuro.
La puerta crujió.
Y cuando creí que ya no saldría de allí…
—¡Ángela! —la voz de la seño Cristina me sacudió—. ¿Qué haces ahí? ¡Te estamos buscando desde hace más de media hora!
Parpadeé.
Estaba de nuevo en el aula.
Todo parecía en su sitio.
Menos la pizarra.
Estaba vacía.
Menos por un nombre escrito con tiza:
Samuel.
Y debajo, una frase nueva que no había escrito nadie:
“Gracias por verlo. Ahora no estoy solo.”