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La del espejo que no parpadeaba

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Desde siempre, Sofía odió mirarse al espejo del baño del instituto.

 

No era por su cara. Ni por sus ojeras.


Era por ella.

 

La del otro lado.

 

Porque cada vez que Sofía pestañeaba, su reflejo lo hacía un segundo después.

 

Solo un segundo.


Un detalle pequeño.


De esos que solo notas cuando estás muy sola… y muy en silencio.

 

—Es sugestión —le dijo su mejor amiga, Blanca—. Será cosa de tu cabeza… o de cómo entra la luz.

 

Pero Sofía sabía que no era la luz. Ni su mente.
Porque ya no era solo el pestañeo.

 

Ahora su reflejo la miraba distinto.

 

Ya no imitaba su sonrisa. Ni su ceño fruncido.
Se quedaba quieta. Mirándola. Como si supiera algo que ella no.

 

Hasta que un lunes, ocurrió.

 

Estaba sola en el baño. 8:42 AM. Lo recordaba exacto.

 

Se miró al espejo.
Respiró.
Y pestañeó.

 

Y su reflejo…

 

no pestañeó nunca más.

 

—¿Hola…? —susurró Sofía.

 

Nada.

 

La figura del otro lado solo la observaba.
Inmóvil.


Con una mueca tan leve, tan apenas torcida… que parecía un intento de sonrisa.

 

Sofía se echó hacia atrás. El reflejo no se movió.

 

Ya no era ella.

 

Se giró para salir.
El pestillo estaba cerrado.
Ella no lo había cerrado.

 

Volvió a mirar el espejo.

 

Y su reflejo, ahora sí, parpadeó.

 

Dos veces.

 

Como quien se despide.

 

Después, levantó la mano lentamente, y escribió algo sobre el vaho del cristal:

 

“UNA DE LAS DOS SOBRA.”

 

Sofía gritó. Golpeó la puerta. Nadie acudió.

 

Y cuando volvió a mirar…
su reflejo había desaparecido.

 

Solo había el baño.
Vacío.
Sin reflejo.

 

Y en el otro lado del espejo, desde algún lugar frío y sin nombre…


una chica idéntica a Sofía abría los ojos.

 

Pero esta vez, no era la que miraba desde fuera.


Era la que miraba desde dentro.

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