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Alas negras

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Alas Negras

 

Cuando su madre le arrancó el primer dedo con los dientes, él apenas lloró… porque sabía que, si lloraba, no llegaría vivo a la noche.

 

En aquel mundo ya nadie lloraba.


El llanto atraía.


Y atraer era morir.

 

Los niños nacían como insectos con alas: con garras afiladas, párpados oscuros y cuchillas en las muñecas.

 

Algunos tenían la suerte de morder a sus madres al nacer.

 

Otros eran devorados sin nombre, sin llanto, sin ni siquiera un intento.


Se les tenía solo para eso. Comida fresca. Energía con patas y alas.


Los más pacientes  les dejaban crecer. Darles cuerda, como a un reloj sangrante, para alimentarse más adelante durante más tiempo.


Por eso la humanidad no se extinguió. Porque aprendió a matar… incluso a sus propios hijos.

 

Cien mil años después de lo que conocemos, el mundo era lava y agua.


Una sopa hirviendo que se tragó los continentes, las historias, los nombres y las emociones.


Solo quedaban picos. Puntas de montañas como cuchillas oxidadas que emergían del magma.


Allí vivían los últimos. No humanos. No ángeles. Algo intermedio.


Con alas negras, de plumaje denso y óseo. Sin amor. Sin familia. Solo instinto.

 

Aen se tambaleaba sobre uno de esos picos, el ala izquierda rota por una emboscada aérea.

 

Tenía sangre en el torso, barro de huesos secos en la pierna y no sentía ya los dedos de la garra.


Bajo él, el infierno. Lava y agua.


La lava no te mata enseguida. Te calcina los huesos con lentitud.


Pero el agua… hervía. Te cocía por dentro. Los gritos no duraban ni medio segundo.


A su alrededor, carroñeros sobrevolaban como buitres sin piel. En espiral, más cerca cada vez.

 

Aen intentó mantenerse firme. Solo necesitaba aguantar un poco más.

 

—Mierda —susurró—. Mierda… me están esperando.

 

Desde otro pico, Eira lo observaba.

 

Su pareja. Su cazadora.

 

No por amor. Por estrategia. Aen cazaba bien, aún servía. Ella había parido hacía poco y necesitaba alimentarse para recuperar fuerzas.


Veinte crías había tenido. Veinte.


Y solo una la había mordido antes de morir. Buen récord.

 

Se lanzó al vacío con velocidad letal.


Giró el cuerpo, plegó las alas, esquivó un proyectil de hueso lanzado por uno de los carroñeros y lo partió en dos con las garras de los pies.


Otro se lanzó sobre ella desde atrás. Lo bloqueó con el ala, giró en el aire y le clavó los dientes en la yugular.
Cayeron como lluvia podrida.

 

Aen la vio llegar, sangre en las mejillas, dos cadáveres colgando de su hombro.

 

—¿Vienes a terminar el trabajo? —preguntó con la voz rota.

 

Ella no respondió.

 

Él extendió la garra.


Señaló la roca.


Allí estaba la pintura.

 

Una imagen, vieja como el tiempo. Protegida por la erosión, por el azar, por el destino o por el miedo.

 

Un ser de piel sin plumas, antiguo, con los pies en el suelo.


Un macho humano rodeando con sus brazos a una hembra como él.


Detrás, una bestia, una sombra de dientes y odio.


Y aún así, él la protegía.


No por conveniencia. No por reproducción. Solo… por ella.

 

Aen se había quedado mucho tiempo mirándolo.


Sintió un espasmo en el pecho.


No hambre. No sed. Algo peor: ternura. Protección.

 

El recuerdo de una palabra olvidada: amor.

 

Se lo mostró.

 

Ella lo observó.

 

—¿Qué es esto? —preguntó, sin emoción.

 

—Es lo que éramos. Antes del miedo. Antes del hambre.

 

—¿Y para qué sirve?

 

—Para sentir.

 

Eira se giró, lo vio herido.


Y sin decir nada, lo empujó.

 

Aen cayó.


Su cuerpo surcó el aire como una sombra que olvida volar.
Pero justo antes de estrellarse contra la lava, una ráfaga lo detuvo.

 

No fue ella. 


Fue su ala izquierda.


La más débil.


Había extendido un último aleteo.

 

Y entonces, lo supo.

 

Era real.

 

El amor duele.

 

Y por eso vale la pena.

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