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La joven Poe 2

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Capítulo 1 — El barro también muerde

 

El filo de la lanza le atravesó el costado antes de que pudiera gritar y cayó al abismo.

 

Había esquivado cinco, ¿Cómo diablos no vio la sexta?

 

Esa había salido de la nada, de un lugar donde no debía haber absolutamente nadie.

 

Ni siquiera gritó. Solo escuchó el silbido, sintió el fuego en esa parte de su cuerpo… y el mundo desapareció bajo sus pies.

 

No fue una caída limpia, sino un trompo brutal por una pendiente de rocas sueltas. Cada rebote era un puñetazo, un desgarro. Ramas que se rompían bajo su peso, piedras que se incrustaban en su piel. Después, el cuerpo fue succionado por la niebla del bosque, como si la tierra misma se lo estuviera tragando.

 

¡Mantis! —la voz desesperada de Kira rompió el aire, pero la batalla no paró.

 

Arriba, en la cima, el infierno seguía. Criaturas negras, alargadas como hombres de humo, se retorcían entre los árboles, susurrando amenazas. Sombra era un torbellino de acero, sus dos espadas girando como hélices embravecidas. Una de esas cosas saltó hacia su garganta. La bloqueó. Otra se coló por su flanco izquierdo y le clavó los colmillos en el hombro.

 

Sangre caliente empapó su túnica.

 

¡Bajad a por Mantis! —rugió, apartando a la criatura de una patada—. ¡Yo los entretengo!

 

Kira y Ezven se cruzaron una mirada. Un segundo, solo uno. Ezven, de repente, parecía… fuera de sí. Los ojos fijos, el cuerpo rígido, el ceño fruncido como si no entendiera el caos que los rodeaba.

 

Kira no esperó. Ni un segundo. Se lanzó colina abajo entre raíces traicioneras y rocas sueltas. La pendiente era brutal. Resbaló. Una vez. Dos. La tercera, cayó de lado, rodó, y la palma de su mano se abrió al intentar frenar contra una piedra afilada.

 

Un grito ahogado.

 

Arriba, la voz de Sombra se desgarró por el viento:

 

¡EZVEN! ¡NO TE QUEDES AHÍ PLANTADA!

 

Ezven seguía inmóvil. Una estatua de terror. Pero algo en ella se quebró. Y, de pronto, fue un rayo. Bajó la colina, tropezando, pero ganando velocidad, detrás de Kira.

 

Sombra, herido, luchaba solo arriba, cada vez más acorralado.

 

Abajo, entre la neblina, Kira vio a Mantis clavado hasta las rodillas en una ciénaga gris, moviéndose como podía, ensangrentado, sin su escudo.

 

El barro lo chupaba con fuerza. Una fuerza viva. Desesperada. Era blando, viscoso, lleno de burbujas que explotaban con un sonido húmedo y asqueroso. Parecía que respiraba.

 

¡Ayudadme! —gritó—. ¡Algo me ha rozado la pierna!

Algo largo, huesudo, con ventosas… o dedos.

 

Intentó sacar la mano, pero una sustancia gelatinosa le cubrió el antebrazo. Pequeños insectos con alas traslúcidas se le pegaban al cuello, chillando como cuchillas.

 

¡Esto no es barro! ¡Esto… muerde! —escupió, salpicando lodo.

 

Kira se acercó al borde del pantano. Estiró el brazo.

 

¡Dame la mano! ¡Ahora!

 

¡Está hundiéndose! —gritó Ezven, llegando por fin—. ¡El suelo se lo está comiendo!

 

Mantis ya estaba hundido hasta la cintura. Sus ojos, normalmente tranquilos, brillaban de terror puro.

 

¡Me chupa hacia abajo! —gritó—. ¡Es como una boca gigante!

 

¡No te muevas! ¡Aguanta! —Kira se agarró a Ezven—. Dame el brazo.

 

Ezven se sujetó a una rama y tomó a Kira del brazo para que pudiera llegar más lejos.

 

Desde arriba llegó otro grito de dolor. Sombra estaba perdiendo.

 

¿Cuánto tiempo crees que le queda? —preguntó Kira, estirándose hasta que le dolieron los músculos.

 

¿Hasta que lo chupe entero? —Ezven calculó rápido—. Un minuto. Máximo.

 

Ya han pasado treinta segundos.

 

El fango subía como una marea lenta e implacable. Mantis temblaba, hundido ya por encima del pecho.

 

¡Me muerde algo! —escupió sangre—. ¡Me están mordiendo por todas partes!

 

Del barro surgieron bocas como grietas en la realidad. Dientes como cristales de sal que se abrían y se cerraban, arrancando trozos de piel.

 

Una le desgarró el muslo. Otra le atrapó la mano. La dejó colgando como un trapo mojado.

 

Kira alargó el brazo todo lo que pudo, pero apenas rozaba sus dedos.

 

¡No hay cuerdas! —gritó Ezven.

 

¡Pues inventa una!

 

Sombra bajaba arrastrando una rama partida. Jadeando, con tres heridas abiertas en el pecho.

 

¡Los he perdido! ¡Vienen hacia aquí!

 

Se agarró a Ezven y le dio la rama a Kira. Ella se tumbó al borde del pantano, alargando el brazo hasta que casi se disloca el hombro.

 

¡Más! —gritó Mantis, hundido ya hasta el cuello—. ¡Solo un poco más!

 

¡No llego! ¡Aguanta!

 

¡Por favor!

 

Los dedos de Kira rozaron los suyos. Casi. Casi.

 

Y entonces, la criatura emergió.

 

Una cabeza monstruosa del tamaño de un caballo. Negra, hinchada, sin ojos. Como una roca viva cubierta de cieno. Abrió la mandíbula en vertical y mordió el borde del pantano.

 

La onda del impacto los sacudió como un terremoto.

 

Kira intentó echarse atrás, pero fue tarde.

 

Un colmillo le rozó la pierna y se la abrió como papel mojado.

 

¡AGH! —gritó, cayendo de lado.

 

Sombra retrocedió a rastras, maldiciendo en tres idiomas.

 

Mantis, clavado hasta el cuello. Solo su cabeza sobresalía del fango hambriento.

 

¡Ezven! —gimió—. Por favor… haz algo. ¡Me está agarrando! ¡No me dejéis morir así!

 

Sus ojos se encontraron con los de ella. Lágrimas y barro en las mejillas.

 

¡Por favor!

 

Nadie respondió.

 

Ezven seguía allí. De pie. Mirando.

 

Y entonces, en un solo segundo terrible, el barro se lo tragó.

 

Silencio absoluto.

Uno.

Dos.

Tres segundos que duraron una eternidad.

 

Ezven parpadeó. Bajó la mirada. Se quitó el cinturón.

 

Luego otro. Luego el de Sombra. Kira, herida, le lanzó el suyo desde el suelo.

 

Anudó rápido. Tensó la improvisada cuerda. La ató a la rama y se la enrolló en la muñeca.

 

Sus ojos ya no estaban perdidos.

 

Estaban decididos.

 

Y saltó.

 

Su cuerpo atravesó el aire como una lanza.

 

Cayó de cabeza en el centro del fango y desapareció.

 

Las burbujas se cerraron sobre ella como una tumba líquida.

 

Silencio.

 

Oscuridad.

 

Y entonces…

 

Una luz.

 

Un leve parpadeo.

 

Como un glitch.

 

Un destello verde en la esquina de la nada.

 

Y una voz, apenas un susurro, como si se filtrara desde algún lugar muy lejano, rompió el silencio:

 

—Ezven, tu frecuencia cardíaca está al límite. ¿Quieres salir?

 

Silencio otra vez.

 

Pero ella no respondió.

 

Solo apretó los dientes, y se sumergió más profundo.

 

El barro no era barro. Era una cárcel. Un mundo sin luz, sin aire, sin sentido de la orientación.

 

Ezven cayó de cabeza y lo supo al instante: no estaba preparada para eso. No era como sumergirse en agua. No había fluidez. El fango te abrazaba y te retenía como un abrazo de cemento tibio, pegajoso, que se cerraba más fuerte con cada movimiento.

 

Palpaba a ciegas. Brazo estirado. Dedos crispados. Nada.

 

Solo… cosas.

 

Algo viscoso se deslizó entre sus manos. Una masa blanda y tibia que pareció replegarse y alejarse con un chillido agudo. Luego, otra cosa le rozó la cara. Algo con patas. Muchas. Tantas que no supo si era un insecto o una corona de dedos huesudos caminándole por la mejilla.

Y entonces: el mordisco.

Un pinchazo seco, directo en la pantorrilla.

 

Ezven ahogó un grito, pero su boca se llenó de barro. La lengua chocó contra algo duro y áspero, como una piedra afilada, y escupió con desesperación, pero no tenía aire. El picor comenzó a extenderse como una quemadura ácida. Luego otro mordisco. Y otro. El cuerpo entero reaccionaba con espasmos, pero apenas podía mover los brazos.

 

No había arriba ni abajo. Solo una oscuridad espesa. Solo frío.

 

Solo miedo.

 

Algo le rodeó el tobillo. No era una raíz. No era barro. Era una garra. O una mano. Estaba viva. Y tiraba de ella hacia lo que su mente se negaba a aceptar como más profundo.

 

—¡No! —intentó gritar, pero solo salieron burbujas.

 

Palpó con fuerza, buscando, tanteando desesperada. Rozó una tela. Algo parecido a un cinturón. Un trozo de piel. ¿Un brazo?

 

Se aferró con uñas y dientes. Se resbaló. Lo volvió a agarrar. Tiró. La cosa —porque ya no sabía si era humano— se le escapaba. Algo lo jalaba en dirección contraria.

Ezven abrió los ojos, aunque sabía que no vería nada. Y así fue: solo sombras. Solo un verde brumoso, como una linterna sumergida a lo lejos.

Pero entre esa penumbra… creyó distinguir algo.

Una cara.

La de Mantis.

La boca abierta en un grito que no se escuchaba. Ojos tan abiertos que parecían cristalizarse. Una mano alzada. La otra, atrapada por algo oscuro que lo arrastraba hacia el fondo.

Ezven se lanzó con lo último que le quedaba.

Con la fuerza de una decisión.

Lo abrazó como pudo, sintiendo que algo le rasgaba la espalda. Sujetó el cuerpo, luchando por hacerlo flotar. Tiró hacia lo que creía que era arriba, pero el lodo no cedía. Mantis era un bloque, un cadáver blando que se le escurría de los dedos.

 

Trepó por los cinturones como si fueran la única salida del infierno.

 

Uno.

 

Dos.

 

La tensión le destrozaba los hombros. Los pulmones pedían aire como un grito mudo.

 

Tres.

 

Un cinturón más. Sentía que los ojos le estallaban. La sangre le rugía en las sienes.

 

Cuatro…

 

Y el cinturón se rompió.

 

Un chasquido seco. La improvisada cuerda se deshilachó como papel mojado.

 

Y Ezven volvió a caer. Con Mantis entre sus brazos. Con la garganta ardiendo. Con la mente a punto de apagarse.

 

Pero no soltó.

 

No soltó.

 

No soltó.

 

Sombra bajó. Herido. Temblando. Y aun así, bajó.

 

Entre él y Kira, habían cortado una rama gruesa como una pierna y de más de tres metros de largo. La deslizaron con fuerza en diagonal, metiéndola en el barro hasta que pareció tocar algo sólido. Luego, Sombra se ató con los restos de los cinturones y descendió a gatas, resbalando, hundiéndose poco a poco como si fuera él quien se ofrecía al monstruo del pantano.

 

—Ezven… aguanta —susurró. Aunque ella no podía oírlo.

 

La vio. O al menos creyó verla. Su cuerpo flotaba a medio metro bajo la superficie, como un muñeco de trapo sucio. La cabeza caída, los brazos aún cerrados en torno a otro cuerpo: el de Mantis. No lo había soltado. Ni siquiera inconsciente.

 

Sombra se impulsó, se sumergió por completo.

 

El frío le cortó la respiración, pero siguió. Encontró su rostro. La tomó de la nuca. Le apartó el barro de la boca.

 

Y le dio su aire.

 

Fue un beso de vida.

 

Sus bocas encajaron con desesperación, más pulmón que labios, más necesidad que gesto romántico. Pero algo en Ezven se encendió. Un recuerdo, una imagen, una emoción eléctrica que la recorrió desde la garganta hasta el pecho.

 

Sus ojos se abrieron.

 

Y por un segundo, lo único real fue él.

 

Sombra volvió a subir por aire. Hizo una señal. Kira, arriba, tiró con todas sus fuerzas de la rama. Una polea improvisada hecha con la cuerda de la mochila permitió que la fuerza se duplicara. El tronco crujió, pero resistió.

 

Ezven, aún aturdida, apretó más fuerte el brazo de Mantis. No lo iba a soltar ahora.

 

Y Sombra los empujó desde abajo. Uno. Luego el otro.

 

Los cuerpos fueron emergiendo como resucitados.

 

Primero Mantis, desfigurado por el barro, completamente inconsciente. Luego Ezven, jadeando como si le hubieran devuelto el alma a latigazos.

 

Sombra fue el último.

 

Cayó de lado en la orilla, cubierto de lodo, con tres nuevas heridas en el costado y una sonrisa rota que aún le quedaba fuerza para lanzar.

 

—¿Estáis… vivos? —escupió.

 

Ezven rodó sobre sí misma y tosió como si expulsara un pulmón. Luego miró hacia donde yacía Mantis, inmóvil.

 

—¡Está tragando barro! —gritó Kira—. ¡No respira!

 

Lo pusieron de lado. Sombra se colocó detrás y, con los restos de energía que le quedaban, le aplicó la maniobra de Heimlich. Una, dos, tres veces.

Y entonces…

 

El barro salió disparado de su boca como una bala viscosa.

 

Mantis empezó a toser. Y a llorar. Y a reír. Todo a la vez.

 

Ezven se dejó caer de espaldas. Kira se echó a llorar también.

 

Y Sombra… Sombra se tumbó junto a Ezven.

 

Las miradas se cruzaron.

 

El pecho de ella aún temblaba. Pero sus ojos brillaban como si acabaran de despertar a algo mucho más grande que un juego.

 

No lo dijo en voz alta.

 

Pero lo pensó muy fuerte:

 

“Si este mundo no es real… ¿por qué me haces sentir como si lo fuera?”

 

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